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No es fácil en España decidirse a iniciar un viaje con nuestro perro. Parece que hay una confabulación extraterreste para que tu viaje se pueda convertir en una pesadilla, máxime cuando es tan habitual encontrarse con un “Perros No” casi en cualquier sitio al que queramos entrar.

La acomodación de nuestro perro en el coche es la tarea más sencilla, antes de empezar a viajar. Pasados los trámites rutinarios, bolsa con manta, comida, agua, bebederos, comederos, pasaporte y demás , todo está dispuesto para… tres, dos, uno, salida.

Nuestro viaje empezó bien hasta la primera parada. Nuestra Caniche Estándar iba muy bien acomodada en la parte trasera del coche, metida en su caja de transporte, mordiendo su hueso antisarro. A mitad de camino, en Castellón, a nuestro coche se le encendió una lucecita de esas que te hace sacar el manual que nunca has mirado y que te obliga a parar en el taller más cercano, para subsanar el problema.

Por suerte para nosotros el taller estaba cerca de un centro comercial de los que abundan en toda la geografía española y no cerca del aeropuerto fantasma que nunca se ha inaugurado.

Nuestra aventura acababa de empezar. Comimos en un McDonalds, muy socorrido en estos momentos, con su terrazita y parque infantil, por lo que todo fue fenomenal. Nuestra Kate acostada a nuestros pies, esperando a que algo sustancioso cayera en su boca. Después de darnos semejante festín y de que Kate se hiciera fotos con la mayoría de los niños allí presentes que la veían como un extraterreste andante, nos decidimos a dar un paseo por las enormes naves comerciales que nos rodeaban.

Pero nuestra sorpresa fue en aumento cuando ni en tiendas de ropa, ni de electrodomésticos, ni de deportes pudimos entrar. Menos mal que había una dedicada a nuestras queridas mascotas (Kikowo), porque fue la única que pudimos honrar con nuestra presencia y también la única que se quedó con nuestro dinero, al que mucho o poco, en los tiempos que corren, no se puede decir que no.

Seguimos nuestro bonito paseo entre naves y asfalto, hasta llegar a  Decathlon, en teoría una empresa dedicada al deporte y tiempo libre, que vende cosas de perros, para más Inri.  El responsable, muy amable y amante de los perros, por cierto, salió a nuestro encuentro a decirnos que  NO  podíamos entrar con nuestra perra, porque la pobre ha tenido la desgracia de crecer mucho, y sólo se podía entrar con perros pequeños tomados en brazos, que no pisaran el suelo y Kate, la pobre, todavía no sabe volar…

A todo esto ni un letrero que anunciase la prohibición. Me imagino que a día de hoy ya estará puesto. Si alguien va que lo compruebe, ya que yo estoy un poco lejos para hacerlo.

Así que tras una amistosa discusión, nosotros mostrando nuestro malestar por semejante idiotez y el encargado  mostrando las razones de la empresa para no dejar entrar a los perros, nos fuimos por donde habíamos venido.

Lo único positivo es que en estas situaciones también se hacen amigos. Cuando estabamos escribiendo nuestra sugerencia/reclamación coincidió con la entrada de un amable matrimonio que se ofreció a quedarse con Kate si queríamos entrar a comprar alguna cosa.

Se mostraban muy sorprendidos, porque habían estado recientemente en Andorra, bonito país y les había llamado la atención que en los restaurantes los perros estaban acostados a los pies de sus dueños sin ningún problema.

-Sí señor- les dije yo- es que este país, en cuestión de perros está subdesarrollado, aunque, pensándolo bien, en otras cuestiones más serias vamos camino de.

La próxima historia irá sobre nuestros perros en un país más civilizado, en un hotel por Suiza. Eso sí es otra historia.

P.D. Al final llegamos a la nieve, Liri, un pueblecito de montaña del Pirineo Aragonés, precioso no se lo pierdan.

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