“Podemos saber más de una persona por lo que ella dice de los demás que por lo que los demás dicen de ella”

(Ralph W. Emerson)

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que resulta fácil, casi grotescamente fácil, abrir nuestro navegador o entrar en la aplicación adecuada y verter nuestra opinión sobre algo o sobre alguien sin tomar conciencia de que todo ello permanece, queda ahí, es leído por otros y, lo que es peor, interpretado, muchas veces sin darnos la posibilidad de explicar bien lo que hemos querido decir.

Es el problema de internet. Uno de sus problemas. Nos comunicamos de manera inmediata, como si estuviéramos hablando, como si de verdad estuviésemos en una conversación, pero sin caer en la cuenta de que en realidad no es así. Después, las explicaciones llegan siempre tarde. No valen. Las pasamos, las pasan, por alto.

Hace veinticinco años que me acerqué por primera vez, casi sin querer, al mundo de la cinofilia. Siempre tuve perros, toda la vida, pero no fue hasta entonces cuando descubrí que existía una suerte de mundo paralelo, lleno de personas de todo tipo y condición, que pasaban la mayor parte de su tiempo yendo a exposiciones, a pruebas de trabajo, reuniéndose en clubs, criando a sus cachorros, arreglando y entrenando a sus perros…

Eran los tiempos de las inscripciones por correo, pagadas por giro postal, con llamada de teléfono para confirmar. Comprabas las revistas, todas, cada mes y leías hasta los anuncios por palabras, para buscar otros que también dedicasen sus esfuerzos a las razas que más te gustaban. Recibías el Dog World, o cualquier otra revista extranjera, con retraso y apuntabas los nombres de los ganadores de tus razas, de sus padres, de otros relacionados. Buscabas información para ir construyendo los pedigrees de aquellos perros y cuando tenías la suerte de ver, en un periódico o en un anuario, el anuncio de algún criador de prestigio, le mandabas una carta y esperabas durante semanas a ver si aquella señora tan famosa te consideraba digno de respuesta. A veces se iniciaban así relaciones epistolares que han durado hasta nuestros días.

Los viajes también eran diferentes. No tanto por el compañerismo y los buenos ratos que se pasan con amigos, como por la necesidad de llevar, a veces, tres o cuatro tipos de moneda diferente para acudir a una Mundial o el recelo con el que nos trataban en algunos pasos fronterizos.

Tuve la suerte de conocer a grandes personajes en las razas que más han ocupado mi corazón, disfrutando de su compañía, visitándoles en sus casas, escuchando y aprendiendo. He podido ver e incluso tocar a algunos perros míticos, de los que ahora todo el mundo habla pero casi nadie recuerda. En realidad todo eso no tiene más mérito que el empezar a ser más viejo que la mayoría de los que hoy comparten esta bendita afición conmigo. Nada más.

Pero de lo que si me siento un privilegiado es de haber podido aprender a querer y valorar este mundillo, este pequeño universo nuestro de los locos perreros, junto a personas que, por encima de sus afinidades y sus gustos, han mantenido siempre una posición de respeto, dando valor a los pilares que hacen que esta pasión sea ya una historia bicentenaria.

La cinofilia es una afición organizada y como tal, de la misma forma que sucede con muchas otras facetas de la vida, existen unos estamentos que le dan sentido y que garantizan su pervivencia. Criadores, expositores, handlers, público, aficionados de a pie, comisarios de ring, jueces, dirigentes, asociaciones, clubs de raza, sociedades caninas, caninas centrales… todos son piezas de un mismo engranaje y todos y cada uno tienen y aportan un valor para que esto funcione.

Al final del día, todos somos personas y cada uno tenemos nuestros gustos, nuestras afinidades, nuestras filias y nuestras fobias. Todos, yo el primero, tenemos amigos y enemigos y no tenemos por qué aguantar la compañía o las acciones de aquellos a quienes, por la circunstancia que sea, en algún momento de la vida hemos dejado de tener en la lista de las personas o cosas que salvaríamos en caso de un incendio. Eso es normal. Lo que no lo es tanto es disparar hacia el cielo sin ser consciente de que, al final, nos terminarán cayendo encima los perdigones. La crítica bien entendida, con ánimo constructivo, es no sólo respetable, sino necesaria, pero cuando se cruza el límite de la buena educación y del respeto, entonces se está haciendo un flaco favor a nuestra afición.

Hay quien pone en solfa o en tela de juicio la capacidad de los demás para juzgar un perro o ni tan siquiera para pretender optar a juzgarlo, pero en cambio no cuestiona la capacidad de otros para criticarlo. Decía Johan Cruyff, nada Santo de mi devoción, por cierto, que el respeto por los compañeros, por el público y por el árbitro, es básico en el deporte y en la vida. Es así. Cuando decidimos entrar a formar parte de un colectivo, por poliédrico que sea, como es el caso de la cinofilia, debemos hacerlo con conocimiento de causa y asumiendo la capacidad de los demás, tanto para hacer las cosas bien como para equivocarse. Sólo así estaremos en disposición de aportar, porque sólo desde el respeto y de la convicción de que todos estamos, al final, por la misma causa, seremos capaces de mantener otro siglo, o un par de siglos más, esta maravillosa afición en marcha.

Tengo la suerte de conocer personas y organizaciones en muchos países y si algo he sacado en claro en estos años es que de todos y de todo se aprende. De lo bueno y de lo malo. Para imitar y para evitar. Porque, al contrario de lo que algunos piensan (y yo respeto) creo que no existe un sistema perfecto, cinófilamente hablando, para casi nada: política de cría, desarrollo de exposiciones, designación y elección de jueces, etc… Al final siempre hay un pero, siempre hay alguien que encuentra un fallo, siempre hay algo que se puede mejorar, pero esto sólo es posible si no se traspasa la delgada línea roja del respeto, si no por las personas, al menos si por la esencia que da sentido a lo nuestro.

En todos estos años he vivido muchas situaciones, unas buenas y otras malas, y he conocido a muchas personas, unas buenas y otras malas, por supuesto. Es posible, bueno, no, es seguro que en este tiempo yo habré sido alguna vez injusto e incluso habré ofendido a más de uno… les pido disculpas por ello, si de algo vale, pero si algo he aprendido de aquellos a quienes he considerado y considero mis maestros, es que para garantizar la continuidad de este maravilloso mundo que hemos elegido, debemos profundizar en sus esencias, en todos los órdenes, conocer su historia, su naturaleza, sus reglas y sus formas, la mayoría de las cuales han cambiado muy poco en más de cien años, asumir la capacidad propia y la ajena, ser conscientes de lo que aportamos y de lo que los demás aportan, ser agradecidos con quienes dedican su tiempo para que nosotros podamos disfrutar y ser condescendientes con las actuaciones de buena fe de cualquiera, porque nadie, si, ni siquiera tu, es infalible.

Mi paisano Arturo Pérez-Reverte, uno de los escritores con más sorna y retranca de nuestro país, parafrasea a Rousseau diciendo que es preferible que te respeten a que te quieran. Bueno, yo no aspiro a que todo el mundo me quiera, ni siquiera a que todos me respeten, pero ya que estoy comprometido en seguir “en perros” toda la vida, a lo que quiero aspirar y desde este momento me comprometo, es a respetar a los demás y especialmente a respetar nuestra cinofilia, porque si dicen que el Karma existe, sólo así podremos esperar recibir lo mismo algún día.

Sobre El Autor

Propietario, expositor, criador y juez canino; Periodista y escritor de divulgación canina. Ha dirigido las revistas “Perros de Hoy”, “El Perro en España”, “Murcia Canina”, “Cobro” y “Todo Perros” y las web “Perros de Hoy” y “Perros 365”. Es autor de “La Gran Enciclopedia Canina” (RBA) y del libro “RSCE 100 años de historia”.

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